martes, 12 de febrero de 2019

La casa donde crecí



La casa donde crecí todavía existe,  mi mamá sigue viviendo ahí y yo la visito con cierta frecuencia.
Es una casa de 2 pisos,  con un patio pequeño,  la penúltima de un pasaje. Diría que es una casa típica de clase media,  aunque no sé bien qué significa eso. Supongo que corresponde a una casa no muy grande ni elegante,  pero no tan chica.  En un barrio tranquilo,  sin lujos y bastante austero.
La casa B de ese pasaje,  es una casa bien normal y,  supongo que al igual que mi familia,  no dice mucho por fuera. Es blanca,  tiene una reja negra y una enredadera en la pared. Nada especial. Pero por dentro, tiene pequeños tesoros: muebles restaurados rescatados de casas en ruinas, letreros viejos comprados en anticuarios perdidos, objetos traídos de lugares recónditos y un rincón para honrar a los ancestros. En el patio,  un parrón que lo ha resistido todo y que,  siempre fiel,  sigue dando sombra. En ese escenario,  co existíamos “los tuyos,  los míos y los nuestros”,  en una época en que todos (o casi) los papás del barrio y de mis compañeros de curso estaban casados. Pero a pesar de todas las particularidades que teníamos,  nunca me sentí diferente.
De esa casa nos fuimos y volvimos varias veces según me cuentan, porque yo no me acuerdo. Vivimos un tiempo en la casa de mi abuela,  a la vuelta de la esquina (literalmente) y en una casa prestada en el centro de la ciudad; estos ires y venires cuando la crisis económica de los ‘80s arreciaba y había que arreglárselas como fuera. Pero mis recuerdos de infancia son de esa casa,  mi casa.  Cosas simples como volver del colegio y “salir a jugar”:  a la escondida,  a la pinta,  andar en bicicleta. Bueno,  y también al “ring raja”,  una especie de bullyng ñoño de los ochentas,  en el que tocabas el timbre de una casa (idealmente de alguien mayor y cascarrabias) y salías corriendo,  pero quedándote a una distancia que permitiera ver la reacción del que abría. 
Está claro que esa casa  está en mi inconsciente. Cuando estoy preocupada o angustiada,  sueño que entran a robar o que la ronda alguna amenaza. Quizás porque ahí se construyó gran parte de mi historia y,  aunque haya sido imperfecta,  es la que me tocó vivir.

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