La casa donde crecí todavía existe, mi mamá sigue viviendo ahí y yo la visito con
cierta frecuencia.
Es una casa de 2 pisos,
con un patio pequeño, la
penúltima de un pasaje. Diría que es una casa típica de clase media, aunque no sé bien qué significa eso. Supongo
que corresponde a una casa no muy grande ni elegante, pero no tan chica. En un barrio tranquilo, sin lujos y bastante austero.
La casa B de ese pasaje,
es una casa bien normal y,
supongo que al igual que mi familia,
no dice mucho por fuera. Es blanca,
tiene una reja negra y una enredadera en la pared. Nada especial. Pero
por dentro, tiene pequeños tesoros: muebles restaurados rescatados de casas en
ruinas, letreros viejos comprados en anticuarios perdidos, objetos traídos de
lugares recónditos y un rincón para honrar a los ancestros. En el patio, un parrón que lo ha resistido todo y
que, siempre fiel, sigue dando sombra. En ese escenario, co existíamos “los tuyos, los míos y los nuestros”, en una época en que todos (o casi) los papás
del barrio y de mis compañeros de curso estaban casados. Pero a pesar de todas
las particularidades que teníamos, nunca
me sentí diferente.
De esa casa nos fuimos y volvimos varias veces según me
cuentan, porque yo no me acuerdo. Vivimos un tiempo en la casa de mi abuela, a la vuelta de la esquina (literalmente) y en
una casa prestada en el centro de la ciudad; estos ires y venires cuando la
crisis económica de los ‘80s arreciaba y había que arreglárselas como fuera.
Pero mis recuerdos de infancia son de esa casa,
mi casa. Cosas simples como volver
del colegio y “salir a jugar”: a la
escondida, a la pinta, andar en bicicleta. Bueno, y también al “ring raja”, una especie de bullyng ñoño de los
ochentas, en el que tocabas el timbre de
una casa (idealmente de alguien mayor y cascarrabias) y salías corriendo, pero quedándote a una distancia que
permitiera ver la reacción del que abría.
Está claro que esa casa
está en mi inconsciente. Cuando estoy preocupada o angustiada, sueño que entran a robar o que la ronda
alguna amenaza. Quizás porque ahí se construyó gran parte de mi historia
y, aunque haya sido imperfecta, es la que me tocó vivir.