jueves, 30 de mayo de 2019

Recuerdos, 730 días después

Hoy,  hace 730 días,  comencé mi día temprano. Pero no para levantarme rápidamente e iniciar las actividades,  sino con una molestia que,  pensé, era al estómago.
No era eso. Eran las primera contracciones que ya anunciaban la llegada de Rafael. Al principio creí,  ingenuamente,  que me había caído algo mal al estómago. Después entendí que ese primer retortijón eran el comienzo de las contracciones. A pesar de no ser mamá primeriza,  al momento de la llegada de Pedro no las había sentido,  así es que era mi primera vez.
Rafa llegaba 2 días antes de la cesárea que ya estaba programada. Por supuesto que él decidió cuando llegar, fiel a su  estilo de hacer las cosas a su pinta. Me sigue impactando lo diferentes que son mi hijos,  desde tan pequeños cada uno con su personalidad.
Vuelvo a ese martes 30 de mayo del 2017. Luego de ese primer "movimiento de tripas",   reconocí que empecé a tener contracciones.  Llamé a mi matrona,  un encanto de persona,  y me dijo que me pusiera un supositorio para ver si con eso se me pasaban;  si no era así, que la volviera a llamar. Las molestias continuaron  y empezaron a tener una periodicidad marcada,  10 minutos y luego cada vez menos.  Felizmente,  luego de la primera llamada a la matrona,  llamé a mi mamá para contarle;  ella, sabia como es,  decidió venirse a Santiago. Fue muy a tiempo. Aunque no alcancé a verla antes de entrar a pabellón (y me hizo falta!),  llegó a tiempo para ver la primera aparición de su cuarto nieto.
Las contracciones se hicieron más frecuentes y nos fuimos a la clínica. Alvaro estaba en la oficina,  pero estaba atento a mi llamada para ir a buscarme.
Estaba nerviosa. Un poco por empezar todo de nuevo,  pero principalmente por el parto,  dada mi primera experiencia. Hubo un percance menor,  pero nada terrible:  mi obstetra no pudo llegar porque estaba en un curso del que no podía irse.  Me atendió su hermano.  Cuando me avisaron,  la noticia no ayudó nada a mis nervios.  Pero Paulina,  la matrona,  fue de mucha ayuda para estar tranquila.
Rafael nació sin problemas,  lloró como un gatito ronco y me miró con unos lindos ojos claros cuando me lo pasaron. Era chiquitito (cualquiera lo era en comparación a Pedro),  flojito para tomar pecho y bueno para dormir.
Me parece increíble que ya pasaron 2 años de ese día. Fue un día lindo. Estos 730 días han sido vertiginosos, multiplicarse para dos intentando no faltarle a ninguno es difícil. Seguro no lo logro,  pero no me quedo por intento.
Quería registrar todo lo que recuerdo de ese 30 de mayo de 2017,  así en el futuro pueda revisitarlo con hartos detalles.  Aunque las sensaciones siempre quedarán en mi corazón.

martes, 12 de febrero de 2019

La casa donde crecí



La casa donde crecí todavía existe,  mi mamá sigue viviendo ahí y yo la visito con cierta frecuencia.
Es una casa de 2 pisos,  con un patio pequeño,  la penúltima de un pasaje. Diría que es una casa típica de clase media,  aunque no sé bien qué significa eso. Supongo que corresponde a una casa no muy grande ni elegante,  pero no tan chica.  En un barrio tranquilo,  sin lujos y bastante austero.
La casa B de ese pasaje,  es una casa bien normal y,  supongo que al igual que mi familia,  no dice mucho por fuera. Es blanca,  tiene una reja negra y una enredadera en la pared. Nada especial. Pero por dentro, tiene pequeños tesoros: muebles restaurados rescatados de casas en ruinas, letreros viejos comprados en anticuarios perdidos, objetos traídos de lugares recónditos y un rincón para honrar a los ancestros. En el patio,  un parrón que lo ha resistido todo y que,  siempre fiel,  sigue dando sombra. En ese escenario,  co existíamos “los tuyos,  los míos y los nuestros”,  en una época en que todos (o casi) los papás del barrio y de mis compañeros de curso estaban casados. Pero a pesar de todas las particularidades que teníamos,  nunca me sentí diferente.
De esa casa nos fuimos y volvimos varias veces según me cuentan, porque yo no me acuerdo. Vivimos un tiempo en la casa de mi abuela,  a la vuelta de la esquina (literalmente) y en una casa prestada en el centro de la ciudad; estos ires y venires cuando la crisis económica de los ‘80s arreciaba y había que arreglárselas como fuera. Pero mis recuerdos de infancia son de esa casa,  mi casa.  Cosas simples como volver del colegio y “salir a jugar”:  a la escondida,  a la pinta,  andar en bicicleta. Bueno,  y también al “ring raja”,  una especie de bullyng ñoño de los ochentas,  en el que tocabas el timbre de una casa (idealmente de alguien mayor y cascarrabias) y salías corriendo,  pero quedándote a una distancia que permitiera ver la reacción del que abría. 
Está claro que esa casa  está en mi inconsciente. Cuando estoy preocupada o angustiada,  sueño que entran a robar o que la ronda alguna amenaza. Quizás porque ahí se construyó gran parte de mi historia y,  aunque haya sido imperfecta,  es la que me tocó vivir.