Hoy, hace 730 días, comencé mi día temprano. Pero no para levantarme rápidamente e iniciar las actividades, sino con una molestia que, pensé, era al estómago.
No era eso. Eran las primera contracciones que ya anunciaban la llegada de Rafael. Al principio creí, ingenuamente, que me había caído algo mal al estómago. Después entendí que ese primer retortijón eran el comienzo de las contracciones. A pesar de no ser mamá primeriza, al momento de la llegada de Pedro no las había sentido, así es que era mi primera vez.
Rafa llegaba 2 días antes de la cesárea que ya estaba programada. Por supuesto que él decidió cuando llegar, fiel a su estilo de hacer las cosas a su pinta. Me sigue impactando lo diferentes que son mi hijos, desde tan pequeños cada uno con su personalidad.
Vuelvo a ese martes 30 de mayo del 2017. Luego de ese primer "movimiento de tripas", reconocí que empecé a tener contracciones. Llamé a mi matrona, un encanto de persona, y me dijo que me pusiera un supositorio para ver si con eso se me pasaban; si no era así, que la volviera a llamar. Las molestias continuaron y empezaron a tener una periodicidad marcada, 10 minutos y luego cada vez menos. Felizmente, luego de la primera llamada a la matrona, llamé a mi mamá para contarle; ella, sabia como es, decidió venirse a Santiago. Fue muy a tiempo. Aunque no alcancé a verla antes de entrar a pabellón (y me hizo falta!), llegó a tiempo para ver la primera aparición de su cuarto nieto.
Las contracciones se hicieron más frecuentes y nos fuimos a la clínica. Alvaro estaba en la oficina, pero estaba atento a mi llamada para ir a buscarme.
Estaba nerviosa. Un poco por empezar todo de nuevo, pero principalmente por el parto, dada mi primera experiencia. Hubo un percance menor, pero nada terrible: mi obstetra no pudo llegar porque estaba en un curso del que no podía irse. Me atendió su hermano. Cuando me avisaron, la noticia no ayudó nada a mis nervios. Pero Paulina, la matrona, fue de mucha ayuda para estar tranquila.
Rafael nació sin problemas, lloró como un gatito ronco y me miró con unos lindos ojos claros cuando me lo pasaron. Era chiquitito (cualquiera lo era en comparación a Pedro), flojito para tomar pecho y bueno para dormir.
Me parece increíble que ya pasaron 2 años de ese día. Fue un día lindo. Estos 730 días han sido vertiginosos, multiplicarse para dos intentando no faltarle a ninguno es difícil. Seguro no lo logro, pero no me quedo por intento.
Quería registrar todo lo que recuerdo de ese 30 de mayo de 2017, así en el futuro pueda revisitarlo con hartos detalles. Aunque las sensaciones siempre quedarán en mi corazón.
Mamá primeriza
jueves, 30 de mayo de 2019
martes, 12 de febrero de 2019
La casa donde crecí
La casa donde crecí todavía existe, mi mamá sigue viviendo ahí y yo la visito con
cierta frecuencia.
Es una casa de 2 pisos,
con un patio pequeño, la
penúltima de un pasaje. Diría que es una casa típica de clase media, aunque no sé bien qué significa eso. Supongo
que corresponde a una casa no muy grande ni elegante, pero no tan chica. En un barrio tranquilo, sin lujos y bastante austero.
La casa B de ese pasaje,
es una casa bien normal y,
supongo que al igual que mi familia,
no dice mucho por fuera. Es blanca,
tiene una reja negra y una enredadera en la pared. Nada especial. Pero
por dentro, tiene pequeños tesoros: muebles restaurados rescatados de casas en
ruinas, letreros viejos comprados en anticuarios perdidos, objetos traídos de
lugares recónditos y un rincón para honrar a los ancestros. En el patio, un parrón que lo ha resistido todo y
que, siempre fiel, sigue dando sombra. En ese escenario, co existíamos “los tuyos, los míos y los nuestros”, en una época en que todos (o casi) los papás
del barrio y de mis compañeros de curso estaban casados. Pero a pesar de todas
las particularidades que teníamos, nunca
me sentí diferente.
De esa casa nos fuimos y volvimos varias veces según me
cuentan, porque yo no me acuerdo. Vivimos un tiempo en la casa de mi abuela, a la vuelta de la esquina (literalmente) y en
una casa prestada en el centro de la ciudad; estos ires y venires cuando la
crisis económica de los ‘80s arreciaba y había que arreglárselas como fuera.
Pero mis recuerdos de infancia son de esa casa,
mi casa. Cosas simples como volver
del colegio y “salir a jugar”: a la
escondida, a la pinta, andar en bicicleta. Bueno, y también al “ring raja”, una especie de bullyng ñoño de los
ochentas, en el que tocabas el timbre de
una casa (idealmente de alguien mayor y cascarrabias) y salías corriendo, pero quedándote a una distancia que
permitiera ver la reacción del que abría.
Está claro que esa casa
está en mi inconsciente. Cuando estoy preocupada o angustiada, sueño que entran a robar o que la ronda
alguna amenaza. Quizás porque ahí se construyó gran parte de mi historia
y, aunque haya sido imperfecta, es la que me tocó vivir.
jueves, 13 de octubre de 2016
Reconversión laboral
Esta inquietud me ronda hace tiempo... Quizás por mi inminente cambio de folio y paso a los 40 años, quizás por ser madre, quizás por los casi 2 años de terapia... Por lo que sea, me cuestiono muchas cosas y una de ellas es el tema de "la pega".
Lo consideraba algo personal, pero hace un tiempo leí la posibilidad del término de las FARC (antes de la famosa votación) y el paso de sus miembros a acciones o posiciones más "democráticas".
Eso es reconversión laboral!! Me pregunto cómo alguien que ha abrazado un ideal, una visión de mundo tan clara, una creencia tan vehemente y ha actuado 20 años en consecuencia, puede cambiar.
Haciendo caso omiso a mi profesión y al supuesto que debiera estar detrás de lo que me da de comer, realmente me cuesta imaginarlo.
Confieso, no sin pudor, que muchas veces he dudado de la posibilidad real de cambio del ser humano. Yo debiera ser defensora de ese supuesto, pero la verdad es que en muchos casos me cuesta verlo. El caso que comento es extremo, lo tengo claro, pero asumo que quienes lo promueven creen firmemente que es posible. Vaya reconversión, porque es de fondo y de forma. Cómo alguien que ha usado la violencia para presionar, para conseguir sus objetivos, puede reformularse tan profundamente para ajustarse a un sistema (supuestamente) democrático?? Vaya coaching que hay que hacer a ese individuo!!
Mis inquietudes personales parecen de algodón comparadas con esto, pero hablan de lo mismo: identidad y lo difícil de cambiar "a esta altura de la vida". Solo pensando en lo laboral, si hemos estado dedicados 10 años o más a un tipo de actividad, cómo nos desligamos de ella? Cómo empezamos algo diferente? Y antes de eso, qué otra cosa queremos/podemos hacer? Donde más están nuestros talentos? Parte de nuestra identidad la hemos construido en base a una actividad, oficio o profesión y salir de ahí es, en alguna medida, dejar de ser nosotros mismos. Y eso cuesta. Quién seremos ahora entonces? Sería como volver a las confusiones de la adolescencia que hartos estragos ya nos causaron.
Siempre leo con envidia reportajes a personas que se dedicaban a algo o tenían una profesión y un día decidieron dejarlo todo por algo totalmente distinto, pero que los apasiona. Todos relatan que no es fácil, pero que la claridad de estar en el camino correcto les ayuda a sobrellevar las dificultades. Yo no tengo ni esa claridad ni esa decisión. Estoy lejos de eso. Lo que sí está, por ahora, es la inquietud, la reflexión.
Quizás ese momento de epifanía no llegue nunca y lo que tengo que hacer es practicar la aceptación, para que se abran las puertas como he leído por ahí. Por ahora, seguiré reflexionando en mi eventual reconversión laboral, que no sería tan dramática como los ex miembros de las FARC, pero se ve igual de difícil.
Lo consideraba algo personal, pero hace un tiempo leí la posibilidad del término de las FARC (antes de la famosa votación) y el paso de sus miembros a acciones o posiciones más "democráticas".
Eso es reconversión laboral!! Me pregunto cómo alguien que ha abrazado un ideal, una visión de mundo tan clara, una creencia tan vehemente y ha actuado 20 años en consecuencia, puede cambiar.
Haciendo caso omiso a mi profesión y al supuesto que debiera estar detrás de lo que me da de comer, realmente me cuesta imaginarlo.
Confieso, no sin pudor, que muchas veces he dudado de la posibilidad real de cambio del ser humano. Yo debiera ser defensora de ese supuesto, pero la verdad es que en muchos casos me cuesta verlo. El caso que comento es extremo, lo tengo claro, pero asumo que quienes lo promueven creen firmemente que es posible. Vaya reconversión, porque es de fondo y de forma. Cómo alguien que ha usado la violencia para presionar, para conseguir sus objetivos, puede reformularse tan profundamente para ajustarse a un sistema (supuestamente) democrático?? Vaya coaching que hay que hacer a ese individuo!!
Mis inquietudes personales parecen de algodón comparadas con esto, pero hablan de lo mismo: identidad y lo difícil de cambiar "a esta altura de la vida". Solo pensando en lo laboral, si hemos estado dedicados 10 años o más a un tipo de actividad, cómo nos desligamos de ella? Cómo empezamos algo diferente? Y antes de eso, qué otra cosa queremos/podemos hacer? Donde más están nuestros talentos? Parte de nuestra identidad la hemos construido en base a una actividad, oficio o profesión y salir de ahí es, en alguna medida, dejar de ser nosotros mismos. Y eso cuesta. Quién seremos ahora entonces? Sería como volver a las confusiones de la adolescencia que hartos estragos ya nos causaron.
Siempre leo con envidia reportajes a personas que se dedicaban a algo o tenían una profesión y un día decidieron dejarlo todo por algo totalmente distinto, pero que los apasiona. Todos relatan que no es fácil, pero que la claridad de estar en el camino correcto les ayuda a sobrellevar las dificultades. Yo no tengo ni esa claridad ni esa decisión. Estoy lejos de eso. Lo que sí está, por ahora, es la inquietud, la reflexión.
Quizás ese momento de epifanía no llegue nunca y lo que tengo que hacer es practicar la aceptación, para que se abran las puertas como he leído por ahí. Por ahora, seguiré reflexionando en mi eventual reconversión laboral, que no sería tan dramática como los ex miembros de las FARC, pero se ve igual de difícil.
martes, 14 de junio de 2016
Chao Jefe
Hoy quiero hablar del "síndrome Chao Jefe" que tan acertadamente recogió la publicidad de Kino. Quién no ha soñado con gritarle a su líder un adiós con todas las ganas? Cualquiera, todos alguna vez. Pero, como sabemos, el síntoma único o eventual no constituye el síndrome. Éste se refiere cuando es algo permanente, recurrente o (peor) crónico. Cuando constantemente fantaseamos con mandar "a buena parte" la pega, la empresa, al jefe o los compañer@s o todos juntos.
Es una lamentable realidad y, lo peor de todo, mi situación actual.
Es cierto que hay que ser agradecida de las oportunidades, de tener trabajo estable y de poder tener una situación económica tranquila.También es cierto que siempre hay situaciones peores, lugares en que se humilla, gritonea o "ningunea" a diestra y siniestra a los colaboradores. Pero, en mi opinión, las relaciones laborales (al igual que las románticas!) se desgastan, las pequeñas frustraciones, desavenencias y cotidianidades se acumulan. Y cansan. A veces explotan.
En los casi 10 años de experiencia laboral que tengo en el cuerpo, creo que he aguantado harto. He experimentado muchas jefaturas diferentes, con sus respectivos estilos particulares. Unas mejores que otras, algunas con más herramientas de liderazgo, otras que te sacan de quicio, etc. Quizás algún día me anime a hacer una tipología del jefe, pero no por ahora. En mi trabajo actual, no sé si mi jefe es taaan terrible, en verdad he vivido cosas peores. Pero siento a diario que, en general, los temas que están bajo mi responsabilidad le importan bien poco. No se miden , no hacen ganar plata por lo que poco importan. Hay que hacerlos, porque es "políticamente correcto" o porque ya estaban así cuando llegó, pero de verdad no lo mueven. Y es bien penca la situación, hay que decirlo.
Todo puede revertirse, todos debiéramos poder automotivarnos, salir adelante y ser super resilientes. Pero el ánimo se agota, Y dan ganas de hacer cosas diferentes, de gozar la luz natural y el aire fresco, en vez de las frías luces fluorescentes y el seco aire acondicionado. De tomarse un café con calma, de esos conversados "sin rumbo", no en reuniones con objetivo (o peor, ¡minuta!), y de sentarse a producir como loco, cuando sientes que llega la inspiración o una ráfaga imparable de energía.
Pero no. Seguramente Ud como yo, tiene que levantarse todos los días a la misma hora, tomar el mismo camino y sentarse en el mismo escritorio. Aunque no quiera, no tenga ganas y sólo "caliente el asiento".
Cómo poder ser más flexibles? Buena pregunta! Por eso fantaseamos con el "chao jefe", porque nos da la esperanza de, por un rato, ser libres.
Es una lamentable realidad y, lo peor de todo, mi situación actual.
Es cierto que hay que ser agradecida de las oportunidades, de tener trabajo estable y de poder tener una situación económica tranquila.También es cierto que siempre hay situaciones peores, lugares en que se humilla, gritonea o "ningunea" a diestra y siniestra a los colaboradores. Pero, en mi opinión, las relaciones laborales (al igual que las románticas!) se desgastan, las pequeñas frustraciones, desavenencias y cotidianidades se acumulan. Y cansan. A veces explotan.
En los casi 10 años de experiencia laboral que tengo en el cuerpo, creo que he aguantado harto. He experimentado muchas jefaturas diferentes, con sus respectivos estilos particulares. Unas mejores que otras, algunas con más herramientas de liderazgo, otras que te sacan de quicio, etc. Quizás algún día me anime a hacer una tipología del jefe, pero no por ahora. En mi trabajo actual, no sé si mi jefe es taaan terrible, en verdad he vivido cosas peores. Pero siento a diario que, en general, los temas que están bajo mi responsabilidad le importan bien poco. No se miden , no hacen ganar plata por lo que poco importan. Hay que hacerlos, porque es "políticamente correcto" o porque ya estaban así cuando llegó, pero de verdad no lo mueven. Y es bien penca la situación, hay que decirlo.
Todo puede revertirse, todos debiéramos poder automotivarnos, salir adelante y ser super resilientes. Pero el ánimo se agota, Y dan ganas de hacer cosas diferentes, de gozar la luz natural y el aire fresco, en vez de las frías luces fluorescentes y el seco aire acondicionado. De tomarse un café con calma, de esos conversados "sin rumbo", no en reuniones con objetivo (o peor, ¡minuta!), y de sentarse a producir como loco, cuando sientes que llega la inspiración o una ráfaga imparable de energía.
Pero no. Seguramente Ud como yo, tiene que levantarse todos los días a la misma hora, tomar el mismo camino y sentarse en el mismo escritorio. Aunque no quiera, no tenga ganas y sólo "caliente el asiento".
Cómo poder ser más flexibles? Buena pregunta! Por eso fantaseamos con el "chao jefe", porque nos da la esperanza de, por un rato, ser libres.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
La culpa
Hola, para quien sea que esté leyendo esto o aunque nadie lo lea nunca.
Este espacio no pretende nada más que ser una forma de expresarse, una suerte de diario de vida de la era moderna para plasmar en alguna parte lo que siento, pienso, lo que me pasa con todo esto de la maternidad, por inconfesable que sea. Para evitar volverme loca y, espero, para reirme más adelante con las cosas que me preocupaban.
Dicho esto, paso al tema de hoy. No sé si es el mejor para "inaugurar" este diario, pero es lo que me da vueltas por estos días.
Título de la canción: la culpa. Culpa de qué? De no estar siempre animada a que toda mi vida gire entorno a mi hijo. De tener ganas de salir y hacer cosas que no lo involucran. De que a veces no tengo ganas de hacer cosas cotidianas como bañarlo, darle la papa o hacerlo dormir.
No se confunda, lo amo más allá de lo que nunca imaginé, aunque suene ultra cursi. Quiero que sea feliz, que jamás sienta dolor, que tenga la mejor vida posible. Si le pasara algo, yo no quiero seguir existiendo. Así de simple. Pero a veces, me gustaría seguir viendo mi serie favorita en vez de entretenerlo; preferiría seguir acostada en vez de levantarme a ver por qué llora; o que se quede hipnotizado con un juguete por largo rato para poder hacer otra cosa tranquila. Nunca son cosas demasiado importantes, pero son MIS cosas, MIS momentos.
Qué pasa después de eso? Me siento irremediablemente egoista, mala madre, mujer vana que solo piensa en sí misma y en sus pequeñas necesidades irrelevantes. Para bajar la angustia repaso todas las cosas que hice en el día con él y para él, tratando de llegar a la conclusión de que la balanza está cargada hacia su lado. Claramente no siempre lo logro, no estaría escribiendo estas líneas.
Es, perdonando la palabra, jodido este asunto. Porque tampoco quiero anularme, ya siento a veces que estoy como perdida, sumergida en las profundidades de la maternidad, olvidando que también soy una persona, una persona aparte de mi hijo. No sólo mi tiempo y energía están abocados a él, también mi ser, mi esencia. Queda poco de mí. Yo que siempre defendí mi espacio contra viento y marea, de parejas, amigos y actividades varias, siempre hubo tiempo, y necesidad, de estar sola conmigo misma. Ahora estoy totalmente entregada a otro.
Quizás esos pequeños momentos de egoismo, son rebeldías, una resistencia a desaparecer por completo. Una fuerza interna inconsciente que lucha por mantener a flote algo de la persona que fui y que de alguna forma es necesario cuidar.
Tampoco quiero victimizarme, soy afortunada porque tengo mucha ayuda que me permite cierta libertad para salir y hacer mis actividades sin problemas. Pero la entrega va más allá de cuántas horas al día le dedico, es más profundo que eso.
Me asustan las ganas y la soltura con que salgo y lo dejo a cargo de alguien más. Alguien de confianza y con todas las cosas que pudiera necesitar, pero las salidas se vuelven más frecuentes, más largas y más disfrutadas.
A lo mejor sólo necesito encontrarme, necesito sentir que queda algo de la persona que soy y esas salidas las veo como la fuente donde me podré encontrar, porque me siento desaparecida.
Soy demasiado egoista o sólo estoy tratando de rescatarme?
Este espacio no pretende nada más que ser una forma de expresarse, una suerte de diario de vida de la era moderna para plasmar en alguna parte lo que siento, pienso, lo que me pasa con todo esto de la maternidad, por inconfesable que sea. Para evitar volverme loca y, espero, para reirme más adelante con las cosas que me preocupaban.
Dicho esto, paso al tema de hoy. No sé si es el mejor para "inaugurar" este diario, pero es lo que me da vueltas por estos días.
Título de la canción: la culpa. Culpa de qué? De no estar siempre animada a que toda mi vida gire entorno a mi hijo. De tener ganas de salir y hacer cosas que no lo involucran. De que a veces no tengo ganas de hacer cosas cotidianas como bañarlo, darle la papa o hacerlo dormir.
No se confunda, lo amo más allá de lo que nunca imaginé, aunque suene ultra cursi. Quiero que sea feliz, que jamás sienta dolor, que tenga la mejor vida posible. Si le pasara algo, yo no quiero seguir existiendo. Así de simple. Pero a veces, me gustaría seguir viendo mi serie favorita en vez de entretenerlo; preferiría seguir acostada en vez de levantarme a ver por qué llora; o que se quede hipnotizado con un juguete por largo rato para poder hacer otra cosa tranquila. Nunca son cosas demasiado importantes, pero son MIS cosas, MIS momentos.
Qué pasa después de eso? Me siento irremediablemente egoista, mala madre, mujer vana que solo piensa en sí misma y en sus pequeñas necesidades irrelevantes. Para bajar la angustia repaso todas las cosas que hice en el día con él y para él, tratando de llegar a la conclusión de que la balanza está cargada hacia su lado. Claramente no siempre lo logro, no estaría escribiendo estas líneas.
Es, perdonando la palabra, jodido este asunto. Porque tampoco quiero anularme, ya siento a veces que estoy como perdida, sumergida en las profundidades de la maternidad, olvidando que también soy una persona, una persona aparte de mi hijo. No sólo mi tiempo y energía están abocados a él, también mi ser, mi esencia. Queda poco de mí. Yo que siempre defendí mi espacio contra viento y marea, de parejas, amigos y actividades varias, siempre hubo tiempo, y necesidad, de estar sola conmigo misma. Ahora estoy totalmente entregada a otro.
Quizás esos pequeños momentos de egoismo, son rebeldías, una resistencia a desaparecer por completo. Una fuerza interna inconsciente que lucha por mantener a flote algo de la persona que fui y que de alguna forma es necesario cuidar.
Tampoco quiero victimizarme, soy afortunada porque tengo mucha ayuda que me permite cierta libertad para salir y hacer mis actividades sin problemas. Pero la entrega va más allá de cuántas horas al día le dedico, es más profundo que eso.
Me asustan las ganas y la soltura con que salgo y lo dejo a cargo de alguien más. Alguien de confianza y con todas las cosas que pudiera necesitar, pero las salidas se vuelven más frecuentes, más largas y más disfrutadas.
A lo mejor sólo necesito encontrarme, necesito sentir que queda algo de la persona que soy y esas salidas las veo como la fuente donde me podré encontrar, porque me siento desaparecida.
Soy demasiado egoista o sólo estoy tratando de rescatarme?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)